Tres intentos. Tres fueron los intentos infructuosos de terminar esta obra magna del extinto autor italiano Umberto Eco. Desde mi infancia fue una obra que me llamó poderosamente la atención, y ojo, este interés no fue fruto de una ávida pasión por la lectura, (ya que fui consciente de su existencia a mis 9 años) sino que llegó hasta mi por medios un tanto inesperados.
Para poner en contexto al lector o lectora, hemos de retrotraernos a varias décadas en el pasado, concretamente a los años 80, la época de mi infancia, de la cual guardo un grato recuerdo entre cómics, libros, videojuegos, juguetes de toda clase y visionado de grandes películas fruto de su época.
Al leer esto, tú querido lector o lectora, puedes pensar que ¡que vida más afortunada! asumiendo que provengo de una familia pudiente. Me temo que no era el caso, aunque sí que es cierto que en mi infancia me moví alrededor de muchos amiguitos provenientes de familias de postín (o al menos así lo percibía yo) en la que gracias a las tardes pasadas en sus hogares, conocí muchos juguetes, juegos, y fuentes de ocio que eran impensables tenerlas en mi casa en posesión.
Una navidad de 1988 fuimos, como tantos años, a pasar las fiestas en la casa de mis tíos en Madrid y allí, con mis primos, poseedores entre otras cosas de un flamante ordenador Amstrad CPC, descubrí entre sus cintas de cassette una joya de valor incalculable. Bueno a día de hoy si que tiene un valor, unos 120€ si estás dispuesto o dispuesta a pagarlos en eBay, Todo Colección o cualquier otra página de subastas. Se trataba de un juego llamado: “La Abadía del Crimen” de la compañía española Opera Soft.
Lo primero que me llamó la atención para escoger este juego de entre los múltiples que había en la bolsa donde los guardaban mis bienqueridos primos, era como no podía ser de otra forma, su portada. En ella, aparecía un misterioso monje sosteniendo un pergamino en su mano siniestra, apoyando su diestra sobre un espejo encofrado en un arco de piedra sostenido por unas columnas del mismo material. El gesto del monje era serio y adusto. Podías notar como su mirada, por encima de sus lentes, observaba con misterio al observador de la portada del juego. Recordándome a la cita y parafraseando a Nietzsche: “Si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada”.
Indagando con mucha curiosidad, seducido por el halo misterioso y enigmático de esa portada, me puse a recabar información en la contraportada e instrucciones del juego. Por un lado descubrí que el autor de tan bella portada era un tal Alfonso Azpiri, y por otro lado viendo las capturas de pantalla que acompañaban al estuche de la cinta, pude observar un escenario representado de una manera totalmente nueva para mis infantes ojos. Acostumbrado a jugar a videojuegos en dos dimensiones o bien con una perspectiva cenital, de repente ante mis ojos pude ver el primer juego con perspectiva isométrica que había visto en mi vida.
Seducido por la propuesta de la portada, de la introducción a modo de prólogo que venía en el manual de instrucciones y por las capturas del juego tan coloridas y “realistas” ; cogí la cinta y la introduje en la unidad de cassette del ordenador.
¡Ay! por decenas se cuentan las noches que jugué en compañía de mis primos a este maravilloso juego. Al caer el atardecer, cuando ya había consumido mi tiempo de distracción analógica y cuando los mayores se preparaban para irse a dormir, era el momento en el que tocaba transportarse al mundo de la abadía, adoptar el rol de los protagonistas e intentar resolver todos los enigmas y descubrir los secretos ocultos en ella.
En una de esas noches, uno de mis primos me contó que ese juego era la adaptación de una novela que se había publicado unos años antes, y desde que lo supe, y queriendo profundizar más en el universo de la abadía decidí que era algo que tenía que leer. Pero claro, en aquella época estaba a punto de cumplir los nueve años, y mis padres no estaban por la labor de comprarme un libro así.
Los años fueron pasando y me fui haciendo más mayor. Un buen día “bicheando” en mi videoclub de confianza descubrí que tenían la cinta en VHS de “El Nombre de la Rosa” y, sabiendo que ese era el título de la novela en la que se inspiraba mi videojuego favorito, no pude hacer otra cosa más que alquilarla. No recuerdo el año exacto, pero sé que era todavía menor de edad, y todavía no había llegado el libro a mi poder, por lo que ver la película podría aplacar mi sed de conocimiento y ampliar más la visión que tenía de la historia en mi cabeza.
Fue una auténtica maravilla. El ver la película, en la que no entraré en detalles ya que da para otra entrada de blog completamente independiente, descubrí una profundidad de la historia que me dejó completamente ansioso de saber aún más sobre este maravilloso universo que había ideado Umberto Eco. Quería saber más sobre fray Guillermo de Bakersville y su novicio Adso de Melk, quería tener un conocimiento todavía más profundo de todo lo que rodeaba a esa misteriosa abadía. Anhelaba conocer más a los personajes, cuales eran sus motivaciones, de donde venían, que aspiraban conseguir, en definitiva: ¡lo quería todo!
Y llegó el libro…
La primera vez que cayó en mis manos fue precisamente en casa de mis primos. Alguno de ellos lo había adquirido, y como era costumbre cuando íbamos de visita a su casa, solía coger alguno de sus libros, Tintínes o Don Mikis para pasar el rato.
Creo que no pasé de la página 20. Ese primer contacto con el libro, me pareció profundamente aburrido, excesivamente denso en cuanto disertaciones y descripciones, y mi ausencia total de conocimientos del latín, hizo que abandonase la empresa de leerlo. Era una cosa rara en mi porque ya de joven pocos libros que he empezado los he dejado sin terminar. Con profunda pena desistí durante bastantes años de leer esa novela.
Pero, pasado el tiempo y ya en mis veinte, era un lector asiduo en la biblioteca municipal de mi ciudad, y un día prácticamente por casualidad, vi en una de las estanterías de la biblioteca el libro maldito. Afloraron en mi poderosos recuerdos de la infancia, por lo que ya siendo un ducho lector, decidí arriesgarme a cogerlo en préstamo y darle esa segunda oportunidad, creedor yo de ya tener suficiente experiencia y tablas en el mundo literario como para preparar mi mente y estructurar mi pensamiento de una forma que se adecuase a la la novela.
Craso error, apenas llegué a las primeras cien páginas.
Aunque había adaptado mi mente a una apertura que me permitió superar los primeros compases del libro, descubrí con dolor lo que era una mezcla entre novela literaria y un ensayo. Y, ¡ay! cuidado con los ensayos del señor Eco. Excesivamente densos, profundamente descriptivos a la par que invitan al lector a múltiples interpretaciones filosóficas, aunque lo hace de una forma que resulta muy parca y dura por lo que no es ligero de leer ni de digerir.
Todavía no estaba preparado, y como veremos más adelante, esta novela está diseñada para que independientemente de tu situación intelectual y vital, nunca estés preparado para asumirla en su plena concepción. La del artista, la del escritor, la del ensayista, la del maestro: Umberto.
Y llegó el tercer intento.
Ese tercer intento llegó bien entrados los treinta, y gracias a un inesperado regalo de un buen amigo.
Mi amigo Iván da para no solo una entrada de blog, sería necesario dedicarle todo un blog a su conocimiento como persona y a su estudio.
No recuerdo exactamente en que cumpleaños fue, probablemente entre mis 36 y 38, rozando ya los cuarenta. Quedé con mis amigos en una cafetería con el propósito de celebrar mi cumpleaños tomando café y posteriormente bebidas un poco más espirituosas. Cuando se dio paso a los variados y agradecidos regalos, mi amigo Iván me hizo poseedor de una edición de “El nombre de la rosa” novela por la que él ya tenía conocimiento de mi interés y mi desesperación por ella. Agradecido, le di las gracias, y lo interpreté como una señal. Estaba en el cenit de mi madurez, tanto personal como espiritual, y creía que realmente podría superar este combate del intelecto contra Umberto. Decidido, procedí a empezar su lectura y con todas mis capacidades alerta, para romper con mi ariete intelectual los muros que me ponía Umberto que detenían mi progresión en el avance a través de su obra.
Volví a fracasar.
Es posible que el lector o lectora que lea esta entrada de blog, piense con desánimo que igual no merece la pena embarcarse en la empresa de la lectura de esta maravillosa obra de Umberto Eco.
Que no se me malinterprete, estas son mis circunstancias personales, y aunque la novela es objetivamente densa, si que es cierto que ávidos lectores, enamorados de conceptos filosóficos y lujuriosos del ensayo, puedan encontrar esta obra como una delicia a devorar en un par de tardes.
Dicho esto, y recomendando por anticipado su lectura, siempre y cuando estés dispuesto o dispuesta a hacer ciertos sacrificios en pos del avance. Recomiendo totalmente su lectura, pero a la conclusión final llegaremos ahora porque…
¡A la cuarta fue la vencida!
Llegados mis 44 años, viniendo desde los 9 años en los que conocí la abadía, por fin pude entrar por su puerta y recorrerla. Pude desvelar sus secretos, empatizar con la mayoría de sus personajes incluso como a la antigua usanza, poniéndoles caras y ropajes usando mi imaginación y obviando la de los actores que tan magistralmente interpretaron en el celuloide del cine. Descubrí las vicisitudes de la vida monacal del siglo XIV, me sumergí y comprendí la situación socio política de la época, a la par del conflicto espiritual que vivía la iglesia católica. Me perdí con desazón entre los discursos teológicos y el ensayo de la Palabra practicado por mi amado a la par que odiado (con cariño) Umberto. Aunque he de reconocer que no fue del todo fútil recorrer esos densos pasajes ya que saliendo de esos remolinos abisales de la profundidad espiritual y de los santos cristianos, sale a flote una estupenda novela holmesiana, misteriosa e intrigante que no dejará indiferente al amante de este tipo de prosa.
¿Recomiendo su lectura?
Como dije antes, al cien por cien. Siempre y cuando entiendas a lo que te enfrentas, estoy seguro que disfrutarás mucho del viaje. Además si tú, lector o lectora, tienes la suerte de haber prestado atención en las clases de latín de BUP, juegas con una ventaja importante a la hora del disfrute de este libro ya que los pasajes en dicha lengua enriquecen todavía más la experiencia de lectura. Aunque he de decir que en ocasiones se hacen demasiado largos y es posible que sientas la tentación de directamente saltártelos. Y está bien, no pasa nada.
Como siempre, recomiendo su lectura en papel, a ser posible en tapa dura, ya que considero que no es libro para leer en el metro o autobús. De preferencia, en un sitio tranquilo y con luz adecuada, dejando la posibilidad del uso de un buen atril de madera para los lectores más experimentados que gocen del hábito de un modo pletórico.
Si decidís darle una oportunidad, no os va a dejar indiferentes. Lo merece.